Por qué volvías cada verano



Podemos leerlo como una novela, como una denuncia o como la propia construcción, escribe Gabriela Cabezón Cámara en la contratapa del libro.
Lo importante es, en efecto, leerlo. Tomarnos ese tiempo.
Cada página es un poco más dolorosa que la anterior pero menos que la siguiente. 
Un libro, creo yo, enormemente necesario. Una denuncia a la complicidad, al abandono y la exclusión. 
Belén relata la historia del abuso sexual que sufrió por parte de su tío. Deja en evidencia lo que muchxs sabemos y pocxs dicen: el abuso no empieza ni termina en ese hecho concreto. Se gesta en las señales visibles que lxs de afuera ven y eligen callar. Se extiende, más allá, en la asignación de culpas y responsabilidades que siempre dejan, y no por casualidad, afuera al autor. Sigue en la mirada de los allegados y ajenos, en la justicia que hace oídos sordos.
El abuso en una sociedad que crea víctimas para luego condenarlas por serlo. 
Una victimización de la que no te permiten escapar. Victimización que -te- condena.
¿A qué? A vivir una vida, como dice Belén, que empieza y termina en tu abusador. 
A vivir en un cuerpo que no es más que un desecho.
Me quedo con este fragmento:
"Llamarlas víctimas es volver a garcharlas otra vez. Y otra vez. Es convencerlas de que les cagaron la vida, de que su historia empieza y termina ahí, con el tipo adentro. Les hacen creer  que son a partir de él, que su identidad se construye a partir de la violación, que sus derechos fueron vulnerados y que ya nadie les va a garantizar que no se las vuelvan a cojer. Las convencen de resguardarse puertas adentro, de cerrar las piernas, de que son responsables y que por eso merecen su propio castigo. Sí, Porque primero son víctimas de él y después de ellas mismas: una vez que él acabó adentro, ya están listas para acabar con la mierda que les quedó, con su vida. Sí, como escuchaste. Así que subite la pollera y preparate, que el próximo paso es desangrar. Pero por dentro".

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